El poeta de Tomelloso fue el mantenedor de la edición de este año, que transcurrió en forma de viaje en el tiempo para rememorar los tres cuartos de siglo de vida de esta celebración de la palabra y las artes. Durante su intervención, que tituló “Hambre de horizonte, el amor del lugar”, Dionisio Cañas, que ya ejerció de mantenedor hace 39 años, en 1987, habló de la brecha digital, del amor individual, del amor social y del amor al lugar, desde su estado actual que definió como “entreluz”
La Fiesta de las Letras viajó en el tiempo en su 75 aniversario para rememorar sus tres cuartos de siglo de historia rindiendo homenaje a la cultura, al arte y a la palabra. El Teatro Marcelo Grande, repleto de público, se vistió de gala en la última noche de Feria, como es tradición, en esta ocasión con una escenografía inspirada en aquellas ediciones en las que la Fiesta de las Letras se celebraba en el cine Serna con las Madrinas de la Feria presidiendo el escenario en diferentes alturas, adornos florales y el boato propio de un evento importante. Incluso el friso originario del cine se recreó para llevar al público a ese recorrido por la historia de esta celebración. Y como colofón, tras la entrega de premios a los ganadores de los Certámenes Artísticos y Literarios, un mantenedor de lujo: el poeta Dionisio Cañas, que ya lo fue hace 39 años, en 1987.
Julia Olmedo y Alberto Palacios, actores y directores del grupo de teatro Citra, de la localidad, condujeron esta 75 edición de la Fiesta de las Letras en la que la interpretación de esta joven compañía, nacida en 2025, fue parte esencial de una puesta en escena salpicada de fotografías de antes, de hoy y hasta del futuro, gracias a la Inteligencia Artificial, vídeos, breves sketchs, notas de humor y apuntes en vivo y en directo sobre fechas señaladas relacionadas con la Fiesta de las Letras y sobre quienes dan nombre a los diferentes certámenes: Antonio López García y Francisco Carretero (pintura y dibujo), José Luis Cabañas (humor gráfico), Francisco García Pavón (novela policiaca), Félix Grande, José Antonio Torres y Ángel López Martínez (poesía), y Juan Torrres Grueso (artículo periodístico). Interpretaron también una escena de “Lastr3s”, la obra ganadora del Certamen de Textos Literarios, que se ha convocado este año por primera vez.
El acto contó con la presencia del alcalde, Javier Navarro; la concejala de Cultura, Inés Losa y el de Festejos, Manuel Marquina y resto de concejales de la Corporación Municipal (PP, Vox y PSOE); el portavoz del grupo parlamentario popular en las Cortes Regionales, Paco Núñez; el vicepresidente primero del parlamento regional, Santiago Lucas-Torres; el diputado regional Francisco José Barato; el diputado provincial Benjamín de Sebastián; la directora general de Asuntos Europeos, Nazareth Rodrigo; el jefe de la Policía Local, Alberto Espuña; el teniente de la Guardia Civil, Francisco J. Muñoz; el pregonero de la Feria 2026, Félix Godoy, premiados en los Certámenes Artísticos y literarios y representantes del tejido social, económico y cultural de la localidad, además de las Madrinas y el Padrino de la Feria 2026: Cortes María Espinosa Castillejos, en representación de la Peña Taurina de Tomelloso; Carmen Ortiz Díaz, de la Asociación Musical Santa Cecilia; Raúl Mejías Madrigal, del Grupo Folklórico Virgen de las Viñas; Nayara del Olmo Olmedo, de la Asociación Cultural Peña Los Amigos; y Ainhoa Blanco Perona, de la Asociación de Vecinos del Barrio Maternidad.
En su intervención como mantenedor “Hambre de horizonte, el amor del lugar” la tituló, Dionisio Cañas paseó sobre la idea del tiempo “en esta época tan difícil que estamos viviendo”. Habló de la brecha digital “que me separa a mí, y a muchas personas de mi edad de los más jóvenes” y también del “amor individual”, del “amor social” y del “amor al lugar, a la tierra”. Todo ello mirando desde “el entreluz”, palabra que no existe, dijo, pero que “expresa bien la situación en la que me encuentro yo en mi vida actual y en mi relación con la escritura, con la creatividad y con la sociedad en general, con la realidad política local, nacional y global”. Este entreluz, “que no es el día ni la noche, que no es el amanecer ni el anochecer”, “este entreluz, en el que me siento cómodo porque no es ni el final ni el principio”, expresó.
Desde ese “entreluz”, el mantenedor fue hilando una intervención que transitó entre el pasado y el futuro, entre la experiencia personal y los grandes cambios que atraviesa la sociedad. Habló del tiempo como algo que, en el mismo instante en que se vive, comienza a convertirse en pasado, pero también como una materia capaz de dejar huella. Y ahí situó a la escritura, que tiene, a su juicio, la singular capacidad de mirar en ambas direcciones: “cuando escribimos, paradójicamente, creamos pasado y futuro a la vez”, afirmó, porque las palabras pueden dejar un sedimento, una semilla que algún día florezca “en unos ojos ajenos que desconocemos”.
Ese viaje por el tiempo le llevó también a recordar la transformación de los modos de acceder al conocimiento, desde la imprenta y los libros hasta las pantallas, internet y la inteligencia artificial. Con humor y sin nostalgia, se reconoció entre los “analfabetos digitales” de su generación, pero reivindicó que la experiencia y la inteligencia emocional siguen siendo un territorio en el que las generaciones mayores tienen mucho que aportar.
Hilo conductor de su intervención fue también el amor en sus diferentes expresiones. Y lo expresó también a través de la creación artística, no solo la la palabra. Durante su intervención se proyectó un vídeo producido por el propio Dionisio Cañas en el que una antigua alumna interpreta uno de sus poemas con una expresiva adaptación de raíz flamenca.
El mantenedor habló del amor individual, de esa experiencia que, pese a los desengaños, hace que la vida parezca comenzar de nuevo. “Siempre que nos enamoramos todo empieza de nuevo”, afirmó, como si el ser humano pudiera situar de nuevo el “cronómetro de nuestra vida” en “el cero de nuestra felicidad”. Un sentimiento que, explicó con su habitual sentido del humor, pone en ocasiones en jaque a la razón y que necesita, para no convertirse en tragedia, ser correspondido. “El problema es que el amor tiene que ser parecido a una carretera”, señaló, porque “debe ir en dos direcciones”: para que exista verdaderamente, tiene que haber reciprocidad
Pero más allá del amor entre dos personas, puso el foco en otra forma de amor que consideró igualmente necesaria: el amor social. El que lleva a muchas personas a dedicar su tiempo a cuidar de los demás, de los animales, de la naturaleza o de quienes atraviesan situaciones difíciles. Un amor que, destacó, también está presente en Tomelloso y que “no busca recompensa”.
“Hay que amar pro encima de todo”, dijo “y “no perder el tiempo odiando”. Dionisio Cañas reivindicó el diálogo y la empatía frente a la confrontación y el odio, convencido de que alimentar este último acaba siendo, sobre todo, una forma de hacerse daño a uno mismo. Un mensaje que dirigió especialmente a una generación inmersa en un entorno digital donde, advirtió, “lo falso y lo auténtico son difíciles de distinguir”.
Tras el amor individual y el amor a los demás se refirió al amor por el lugar. El que da sentido al título de su intervención y que, en su caso, tiene un nombre propio: Tomelloso. Un amor que, explicó, no es exactamente el mismo que hace 39 años, cuando pronunció por primera vez el discurso de mantenedor de la Fiesta de las Letras, pero que lejos de haberse debilitado se ha hecho más grande. “Si en algo ha evolucionado mi amor por Tomelloso, es en que ahora es un amor expandido”, aseguró, más profundo y ligado a la tierra, al territorio de las viñas, los melonares, los campos de pimientos, sandías, cereales, ajos y cebollas, de los olivares y las encinas, y también de los nuevos cultivos que van transformando el paisaje, señaló.
Después de 32 años en Nueva York, y tras volver a su bombo, Cañas confesó que las grandes ciudades le agobian y que la falta de horizonte puede llegar a producirle ansiedad. Hasta relató cómo, durante una estancia en Galicia, abandonó el alojamiento en el que se encontraba rodeado de árboles porque necesitaba volver a ver el el horizonte, que se convirtió en parte esencial de su vida. Y también en una forma de reconciliar pasado y presente: “yo era allí entonces el que soy aquí ahora”. Una frase que hizo suya para hablar de su propia trayectoria y de la identidad que permanece pese a los lugares y los años.
Con esa idea cerró su intervención, reconociendo que su amor por Tomelloso no es hoy el mismo que hace casi cuatro décadas, sino un amor más amplio, más profundo y más ligado a la tierra. “Ahora amplío este amor, lo expando”, afirmó. Y volvió al horizonte, al paisaje que contempla desde su bombo y que se ha convertido en una necesidad: “necesito este horizonte, que tengo hambre de él y que estoy enamorado de la Mancha”.
El poeta de Tomelloso fue el mantenedor de la edición de este año, que transcurrió en forma de viaje en el tiempo para rememorar los tres cuartos de siglo de vida de esta celebración de la palabra y las artes. Durante su intervención, que tituló “Hambre de horizonte, el amor del lugar”, Dionisio Cañas, que ya ejerció de mantenedor hace 39 años, en 1987, habló de la brecha digital, del amor individual, del amor social y del amor al lugar, desde su estado actual que definió como “entreluz”
La Fiesta de las Letras viajó en el tiempo en su 75 aniversario para rememorar sus tres cuartos de siglo de historia rindiendo homenaje a la cultura, al arte y a la palabra. El Teatro Marcelo Grande, repleto de público, se vistió de gala en la última noche de Feria, como es tradición, en esta ocasión con una escenografía inspirada en aquellas ediciones en las que la Fiesta de las Letras se celebraba en el cine Serna con las Madrinas de la Feria presidiendo el escenario en diferentes alturas, adornos florales y el boato propio de un evento importante. Incluso el friso originario del cine se recreó para llevar al público a ese recorrido por la historia de esta celebración. Y como colofón, tras la entrega de premios a los ganadores de los Certámenes Artísticos y Literarios, un mantenedor de lujo: el poeta Dionisio Cañas, que ya lo fue hace 39 años, en 1987.
Julia Olmedo y Alberto Palacios, actores y directores del grupo de teatro Citra, de la localidad, condujeron esta 75 edición de la Fiesta de las Letras en la que la interpretación de esta joven compañía, nacida en 2025, fue parte esencial de una puesta en escena salpicada de fotografías de antes, de hoy y hasta del futuro, gracias a la Inteligencia Artificial, vídeos, breves sketchs, notas de humor y apuntes en vivo y en directo sobre fechas señaladas relacionadas con la Fiesta de las Letras y sobre quienes dan nombre a los diferentes certámenes: Antonio López García y Francisco Carretero (pintura y dibujo), José Luis Cabañas (humor gráfico), Francisco García Pavón (novela policiaca), Félix Grande, José Antonio Torres y Ángel López Martínez (poesía), y Juan Torrres Grueso (artículo periodístico). Interpretaron también una escena de “Lastr3s”, la obra ganadora del Certamen de Textos Literarios, que se ha convocado este año por primera vez.
El acto contó con la presencia del alcalde, Javier Navarro; la concejala de Cultura, Inés Losa y el de Festejos, Manuel Marquina y resto de concejales de la Corporación Municipal (PP, Vox y PSOE); el portavoz del grupo parlamentario popular en las Cortes Regionales, Paco Núñez; el vicepresidente primero del parlamento regional, Santiago Lucas-Torres; el diputado regional Francisco José Barato; el diputado provincial Benjamín de Sebastián; la directora general de Asuntos Europeos, Nazareth Rodrigo; el jefe de la Policía Local, Alberto Espuña; el teniente de la Guardia Civil, Francisco J. Muñoz; el pregonero de la Feria 2026, Félix Godoy, premiados en los Certámenes Artísticos y literarios y representantes del tejido social, económico y cultural de la localidad, además de las Madrinas y el Padrino de la Feria 2026: Cortes María Espinosa Castillejos, en representación de la Peña Taurina de Tomelloso; Carmen Ortiz Díaz, de la Asociación Musical Santa Cecilia; Raúl Mejías Madrigal, del Grupo Folklórico Virgen de las Viñas; Nayara del Olmo Olmedo, de la Asociación Cultural Peña Los Amigos; y Ainhoa Blanco Perona, de la Asociación de Vecinos del Barrio Maternidad.
En su intervención como mantenedor “Hambre de horizonte, el amor del lugar” la tituló, Dionisio Cañas paseó sobre la idea del tiempo “en esta época tan difícil que estamos viviendo”. Habló de la brecha digital “que me separa a mí, y a muchas personas de mi edad de los más jóvenes” y también del “amor individual”, del “amor social” y del “amor al lugar, a la tierra”. Todo ello mirando desde “el entreluz”, palabra que no existe, dijo, pero que “expresa bien la situación en la que me encuentro yo en mi vida actual y en mi relación con la escritura, con la creatividad y con la sociedad en general, con la realidad política local, nacional y global”. Este entreluz, “que no es el día ni la noche, que no es el amanecer ni el anochecer”, “este entreluz, en el que me siento cómodo porque no es ni el final ni el principio”, expresó.
Desde ese “entreluz”, el mantenedor fue hilando una intervención que transitó entre el pasado y el futuro, entre la experiencia personal y los grandes cambios que atraviesa la sociedad. Habló del tiempo como algo que, en el mismo instante en que se vive, comienza a convertirse en pasado, pero también como una materia capaz de dejar huella. Y ahí situó a la escritura, que tiene, a su juicio, la singular capacidad de mirar en ambas direcciones: “cuando escribimos, paradójicamente, creamos pasado y futuro a la vez”, afirmó, porque las palabras pueden dejar un sedimento, una semilla que algún día florezca “en unos ojos ajenos que desconocemos”.
Ese viaje por el tiempo le llevó también a recordar la transformación de los modos de acceder al conocimiento, desde la imprenta y los libros hasta las pantallas, internet y la inteligencia artificial. Con humor y sin nostalgia, se reconoció entre los “analfabetos digitales” de su generación, pero reivindicó que la experiencia y la inteligencia emocional siguen siendo un territorio en el que las generaciones mayores tienen mucho que aportar.
Hilo conductor de su intervención fue también el amor en sus diferentes expresiones. Y lo expresó también a través de la creación artística, no solo la la palabra. Durante su intervención se proyectó un vídeo producido por el propio Dionisio Cañas en el que una antigua alumna interpreta uno de sus poemas con una expresiva adaptación de raíz flamenca.
El mantenedor habló del amor individual, de esa experiencia que, pese a los desengaños, hace que la vida parezca comenzar de nuevo. “Siempre que nos enamoramos todo empieza de nuevo”, afirmó, como si el ser humano pudiera situar de nuevo el “cronómetro de nuestra vida” en “el cero de nuestra felicidad”. Un sentimiento que, explicó con su habitual sentido del humor, pone en ocasiones en jaque a la razón y que necesita, para no convertirse en tragedia, ser correspondido. “El problema es que el amor tiene que ser parecido a una carretera”, señaló, porque “debe ir en dos direcciones”: para que exista verdaderamente, tiene que haber reciprocidad
Pero más allá del amor entre dos personas, puso el foco en otra forma de amor que consideró igualmente necesaria: el amor social. El que lleva a muchas personas a dedicar su tiempo a cuidar de los demás, de los animales, de la naturaleza o de quienes atraviesan situaciones difíciles. Un amor que, destacó, también está presente en Tomelloso y que “no busca recompensa”.
“Hay que amar pro encima de todo”, dijo “y “no perder el tiempo odiando”. Dionisio Cañas reivindicó el diálogo y la empatía frente a la confrontación y el odio, convencido de que alimentar este último acaba siendo, sobre todo, una forma de hacerse daño a uno mismo. Un mensaje que dirigió especialmente a una generación inmersa en un entorno digital donde, advirtió, “lo falso y lo auténtico son difíciles de distinguir”.
Tras el amor individual y el amor a los demás se refirió al amor por el lugar. El que da sentido al título de su intervención y que, en su caso, tiene un nombre propio: Tomelloso. Un amor que, explicó, no es exactamente el mismo que hace 39 años, cuando pronunció por primera vez el discurso de mantenedor de la Fiesta de las Letras, pero que lejos de haberse debilitado se ha hecho más grande. “Si en algo ha evolucionado mi amor por Tomelloso, es en que ahora es un amor expandido”, aseguró, más profundo y ligado a la tierra, al territorio de las viñas, los melonares, los campos de pimientos, sandías, cereales, ajos y cebollas, de los olivares y las encinas, y también de los nuevos cultivos que van transformando el paisaje, señaló.
Después de 32 años en Nueva York, y tras volver a su bombo, Cañas confesó que las grandes ciudades le agobian y que la falta de horizonte puede llegar a producirle ansiedad. Hasta relató cómo, durante una estancia en Galicia, abandonó el alojamiento en el que se encontraba rodeado de árboles porque necesitaba volver a ver el el horizonte, que se convirtió en parte esencial de su vida. Y también en una forma de reconciliar pasado y presente: “yo era allí entonces el que soy aquí ahora”. Una frase que hizo suya para hablar de su propia trayectoria y de la identidad que permanece pese a los lugares y los años.
Con esa idea cerró su intervención, reconociendo que su amor por Tomelloso no es hoy el mismo que hace casi cuatro décadas, sino un amor más amplio, más profundo y más ligado a la tierra. “Ahora amplío este amor, lo expando”, afirmó. Y volvió al horizonte, al paisaje que contempla desde su bombo y que se ha convertido en una necesidad: “necesito este horizonte, que tengo hambre de él y que estoy enamorado de la Mancha”.